miércoles, 28 de noviembre de 2007

Letter never published but today

Written: July 20, 2006

México will never reach the status of a developed country. It’s not a matter of political elections, it’s a matter of culture; it’s not a matter of elections’ day, it’s a matter of History.

Six years ago, on July 4, 2000, I cheered in a letter to the Times the ascension to power of Vicente Fox Quesada, National Action Party’s (PAN) candidate, to realize, at the end, he had committed the same kind of corruption that the Institutional Revolutionary Party (PRI) in its 71-year ruling regime: out-of-law economic and material privileges for him and some of his closest collaborators, abuse of power from his wife, severe corruption scandals surrounding the First Lady’s sons, and during the past several months, usage of government’s social programs in favour of the PAN official presidential candidate, Felipe Calderón Hinojosa, together with hundreds of hours in the media promoting him and trash-talking against his political adversary, Democratic Revolution Party’s (PRD) Andrés Manuel Lopez Obrador.

On the other side, what everybody expected on the latter’s part has happened: rejection of defeat. That’s OK, he’s on his right and Mexicans have the institution to manage this, the Federation Judicial Power Electoral Tribunal (TEPJF, by its Spanish initials), but he has chosen the wrong way. He is blaming everyone, even members of his own team, instead of concentrating on the bad use of social programs and publicity President Fox made on behalf of Calderón. He may also demand transparency on vote’s computational machinery. He may, finally, decline in favour of Mr. Calderón, just as Al Gore did in 2000 to avoid his nation further economic, political, and social damage, indoors and internationally, and take advantage of the clear “win” his party got in the Senate and the House of Representatives, with almost a third of its members in each congressional body, together with the almost 15 million votes he got, practically as many as Calderón got. Unfortunately, this is the most unlikely scenario, no to say impossible. The likely one is that of political upheaval and turmoil during the coming several weeks (years?). The Electoral Tribunal will not come to a decision before August 31, after tough deliberations, and it will announce the name of México’s next President until September 6. To add to the mess and confrontation, six of the seven members of this Tribunal will end their term, after 10 years in charge, on October 31, and they are natural candidates for a vacancy which will be available in the coming months in the Supreme Court.

This is why we will never be a developed country. It does not suffice to belong to the prestigious and well-reputed rich club, the OCDE, headed since June, by the way, by former Mexican Treasure Secretary, José Ángel Gurría. México invariably occupies one of the last places in every survey the OCDE conducts on its 30-member exclusive panel. This membership was more the caprice of Mexican ex-President Carlos Salinas de Gortari, free market leader advocate, than a deserved privilege.

México has no remedy. México has lost its last chance.

Letter published by The New York Times

Mexico's Moment

Published: July 4, 2000

To the Editor:

Re ''Challenger Says He Sees Big Margin in Mexico Election'' (front page, July 3):

My father was 8 when the ruling party in Mexico, the PRI, took power. Today, my father is 79, and we got the PRI out of power. These 71 years of authoritarianism, corruption and cheating have come to an end, and it feels great.

The joy, happiness and relief most Mexicans feel right now is unbelievably real. It is the result of at least 30 years of fighting by millions of citizens who never lost hope that a day like this would come.

This is the most important moment in Mexico's modern history. It is also one of the most important days in the world's contemporary history as we end the oldest ''dictatorship'' on earth.

RAÚL GUTIÉRREZ Y MONTERO
Mexico City, July 3, 2000

Supina ignorancia

Tan lamentable como llamar José Luis Borgues al célebre poeta, ensayista y cuentista Jorge Luis Borges resulta atribuirle el bodrio Instantes, que no se aviene en nada con la personalidad y estilo de quien injustamente fue privado del Nobel de literatura por mezquinas razones políticas, aunque lo mereciera más que ninguno de los que lo han “ganado” hasta ahora.

Se equivocan quienes atribuyen dicho “poema” al ilustre Borges, mejor harían atribuyéndoselo a Cuauhtémoc Sánchez, pues resulta muy del estilo de este personaje.

Borges se refería al mismo tema en términos mucho más amargos:

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre esta a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.
(El remordimiento)

"La mejor ciudad para vivir"... y manejar

Llevo casi cinco años radicando en León, Guanajuato, y he observado ciertas costumbres de manejo muy curiosas en sus habitantes que me había resultado muy difícil enumerar, hasta que el otro día, en pleno boulevard Clouthier, me tocó contemplar una escena que las resume a todas ellas.

Una camioneta "chocolate", con placas de Estados Unidos y varios pasajeros en la caja posterior, era conducida a gran velocidad por un individuo sin cinturón de seguridad y con una criatura como de dos años sobre sus piernas. Iba haciendo una llamada por su celular, a la vez que arrojaba una cajetilla de cigarros vacía por la ventanilla abierta del vehículo.

De pronto, aceleró para rebasar a una cuatrimoto, sin placas, conducida velozmente por unos adolescentes de no más de 12 años de edad, quienes no portaban en sus cabezas cascos protectores. Una vez que aquél los hubo rebasado, pasó, sin ninguna precaución, desde el carril izquierdo de la calle hasta el derecho para dar vuelta en una esquina, obviando la bahía construida ex profeso para tal propósito y arrollando a su paso a un imprudente ciclista que transitaba en sentido contrario, sin matrícula ni faro ni señales luminiscentes en su bicicleta.

Resultado: el tipo fue y se incrustó contra un poste, negándose a que los patrulleros que llegaron posteriormente le administraran prueba antialcohol alguna e insultándolos soezmente.

Este es un catálogo de imprudencias que me ha tocado presenciar en múltiples ocasiones durante más de cuatro años, aunque de manera aislada. Me parece increíble que se hayan presentado todas juntas en una sola escena del diario acontecer leonés, como una lección de los errores en que no hay que incurrir si se es responsable y civilizado.

Cuando Banderas estuvo en México

Fui con la familia un par de días a San Luis Potosí. Carolina, mi hija, insistió en que quería retratarse con Antonio Banderas, que ahí filma Legend of Zorro 2, y ahí vamos. Poco antes de llegar a la capital nos desviamos hacia una localidad llamada El Gogorrón, donde se graba la mentada película, y en el camino encontramos un enigmático letrero carretero LOZ, hecho con todas la de la ley. La intuición de mi esposa acertó: Legend of Zorro. ¡Ooohhh!

Seguimos esa brecha y un guardia de seguridad nos detuvo al final. ¡Imposible!, dice. ¿Ni por medio de Dios padre?, pregunté yo. Ni así, responde el abnegado portero. En eso salió un carro negro y nos dimos a la tarea de seguirlo. Varios kilómetros adelante se desvió en una señalización bastante chafa que sólo rezaba Cortez Ranch. Otros cuantos kilómetros de camino muy sinuoso y polvoriento, con el cuate de adelante oliéndoselas ya de atrás tiempo de que lo perseguían. Sin nuestra camioneta hubiera sido imposible la travesía. En el camino varios lugareños nos saludaban emocionadísimos: nos hacían con guarura y toda la cosa. De nuevo, al llegar a la entrada de, esta sí, locación fílmica en toda la hollywoodesca extensión de la palabra, el guardia en turno nos pregunta, después de haber dejado entrar al guarura: ¿y su cartón naranja? Nos mandaron acá para que nos lo dieran, le respondo, venimos siguiendo a nuestro guía. ¡Ah, pues, pásenle! Nos estacionamos, y ahí, a cincuenta metros: ¡Antonio Banderas!

En eso, el guarura ya había ido con el chisme con el jefe de seguridad y ¡mole!, que nos cae. ¿Qué hacen ustedes aquí? No, pus nomás pasábamos y se nos hizo buen detalle entrar a saludar al señor Banderas y a que la niña se tome una foto con él.

No hubo manera de hacerle entender a este otro cancerbero que veníamos desde Carolina del Norte sólo a eso (la caminoneta lo aparentaba bastante bien), que la niña era una enferma terminal que seguramente no llegaría al final del año, que la señora que la acompañaba estaba también bastante mal (calentura elevadísima, entre otros preocupantes síntomas), vamos, que hasta al niño y a mí nos encantaría subirnos al caballo de Catherine Zeta Jones-Douglas.

No hubo manera, repito. Lo más que sacamos fue el ofrecimiento de una fotografía autografiada que será enviada a nuestra casa en León (¡qué idotas, finalmente nos confesamos de León, hágame usted el favor!), y la promesa de que Carolina será la primera en retratarse con Toño cuando éste cierre la filmación de su bodrio en Guanajuato capital (22-25 de noviembre)... si la niña sobrevive a fecha tan lejana, claro.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Alma ´69

Memorias

Ahora que escribía, en una entrada anterior, sobre mi alma máter, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), acudieron a mi mente recuerdos de aquella generación (69-73) de la que formé parte en la Facultad de Ciencias, ¡y cuántas célebres personalidades, a fe mía!

Cecilia Soto, ex candidata presidencial por el Partido del Trabajo en 1994, estudiaba física. Entonces, como ahora, era muy guapa y dueña de una recia personalidad.

Rosaura Ruiz Gutiérrez, recién ex candidata a la rectoría de la UNAM, y quien justo hoy fue ratificada por el rector José Narro Robles como secretaria de Desarrollo Institucional, estudió biología y, al igual que nuestra compañera de generación Cecilia Soto, sigue siendo portadora de una gran belleza.

Alguien que quizá desearía en estos momentos no ser tan célebre, el matemático Felipe Bracho Carpizo, ex esposo de Diana Bracho y sobrino del berrinchudo ex rector de la universidad y ex secretario de Gobernación Jorge Carpizo, fue también miembro de la mencionada generación. En estos momentos se encuentra envuelto en el escándalo de Enciclomedia, que ha dado mucho de que hablar en el último par de años.

También deambulaban por aquellos años en la facultad, aunque sin ser miembros de nuestra generación, los líderes estudiantiles del '68 Gilberto Ramón Guevara Niebla y Salvador Martínez della Roca, el famoso Pino, y, como nuestro maestro, el eminente doctor Santiago López de Medrano, premio de la Academia Mexicana de Ciencias 1973, y de quien me siento orgulloso de que haya sido miembro del jurado en mi examen profesional de ¡actuario!

La razón de que haya puesto entre signos de admiración mi título profesional es porque los actuarios éramos "despreciados" por la comunidad científica de la facultad, y no sin razón, tal vez. Fue por ello que yo decidí presentar una tesis profesional enteramente matemática, además de que tuve la fortuna, como ya dije, de ser distinguido como el mejor de mi generación en México en aquella lejana época. ¿Qué otra me quedaba ante personalidades tan destacadas?

Sólo para ejemplificar el ninguneo al que se nos sometía, todavía recuerdo el anuncio de ofertas y búsquedas de todo tipo que un día vi publicado en alguno de los pizarrones ex profeso: "Matemático busca bióloga de buen físico". Y no digo más.

Deportistas excepcionales y políticos “decepcionales”

Incluyo el siguiente escrito que publiqué en las páginas editoriales del periódico Reforma hace varios meses (23 de mayo de 2006) porque sigue siendo asombrosamente actual. Es más, en el caso de Lorena Ochoa, "The million dollar baby", no sólo actual, sino hasta corto se queda. En cuanto a los políticos, me refería en aquella ocasión a nuestros impresentables candidatos presidenciales. Éstos también han sido ampliamente superados por ellos mismos y por especímenes de la misma caterva.

Decía en aquel entonces:

"En muy pocos días, del martes 16 al domingo 21 de mayo, se dieron tres hechos en el mundo deportivo que involucran a tres mexicanos de excepción.

"El martes, el vasco Aguirre condujo al equipo de futbol Osasuna a la cima de su historia en el balompié hispano al conseguir, bajo su dirección, el máximo número de puntos en sus 86 años de existencia, y de paso lo clasificó para la próxima edición de la UEFA Champions League, le dio el pase automático al mismo torneo al Real Madrid al derrotar a su rival más cercano, el Valencia, y le dejó abierto el camino a Samuel Eto’o para que se hiciera con el galardón de máximo goleador en solitario al mantener a raya a su más cercano rival, David Villa, con un solo gol en dicho encuentro.

"Después, el miércoles, el zamorano Rafael Márquez, campeón del fútbol francés con el Mónaco de Montecarlo y bicampeón de España con el Barcelona, se alzó con el título europeo con este mismo equipo, para ser uno de los pocos jugadores activos en el ámbito internacional que puede presumir de tantos y tan importantes títulos y en muy corto tiempo.

"Finalmente, el domingo, la golfista tapatía Lorena Ochoa se corona campeona del torneo Sybase Classic de Nueva York frente a las mejores golfistas del mundo, pasando a ocupar el primer puesto de las que más dinero han ganado en 2006 y relegando a un lugar muy secundario a la número uno del mundo, la sueca Annika Sorenstam.

"Mientras tanto, en México, tres candidatos “de decepción” siguen ofreciéndonos un vulgar espectáculo de denuestos, injurias e insultos que no se corresponden con las incomparables hazañas individuales que los mexicanos sí somos capaces de conseguir en áreas ajenas al cochinero político.

"Ojalá pudiéramos prescindir del gángster, del Iluminado y del “chaparrito calvo de lentes” y sustituirlos por los tres héroes a que me refiero."

domingo, 25 de noviembre de 2007

Por qué dejé de ser "chiva"

Mi afición por el futbol se dio simultáneamente con mi fanatismo por el Guadalajara, las famosísimas "chivas rayadas", también conocido en aquel entonces como "el campeonísimo" (finales de la década de los 50 y principios de los 60). Qué huella no habrá dejado en mí que todavía en la actualidad mis hijos adolescentes tararean un rap que compusieron en honor de aquel memorable equipo y cuya letra reza solamente: "'Tubo' Gómez, Chaires, Sepúlveda y Villegas; Jasso y Moreno; Díaz, Reyes, Hernández, Ponce y Arellano", todo esto, repito, con cadencia de rap. Mis hijos no habían nacido aún cuando todos estos héroes ya tenían años en el retiro o incluso fallecido alguno de ellos.

El último campeonato en el que me desgañité por las "chivas" fue aquel que conquistaron a mediados de la década de los 90 bajo la dirección técnica de Alberto Guerra. Después de esto, o tal vez antes, el equipo de mis amores había comenzado su declinación moral con la adquisición que de él hizo la "Promotora", cuando portaban orgullosamente sobre su pecho no ya su inconfundible escudo, sino el horrendo logo del monopolio Mexlub, y luego... bueno, luego ya sabemos lo que pasó: el equipo lo adquirió ese bribón insoportable y antipático de Vergara, que hizo del club esa caricatura lastimosa que hoy arrastra sus pasadas glorias en cualquier cancha donde se para. No en balde el famoso caricaturista Marino lo pintaba como una famélica chiva que hacía eso: arrastrar una camiseta que le quedaba grande.

Pero mi afición al futbol no podía terminar tan penosamente. Fue así como de improviso di el chaquetazo, encontrando motivos suficientes, además de los ya enunciados, para tan lamentable traición. Ya en una entrada precedente de este blog dejé asentada la profunda gratitud que guardo hacia mi querida UNAM, que no sólo me formó política y moralmente, sino que me brindó la oportunidad de distinguirme como el mejor estudiante de la generación en México en la carrera de actuaría, gracias a los elevados estándares académicos por los que siempre se ha distinguido nuestra máxima casa de estudios, pésele a quien le pese.

Esta "nueva" afición, que abarca ya casi diez años, me ha proporcionado múltiples satisfacciones, entre ellas, el famoso bicampeonato, un triunfo sobre el Real Madrid en el Santiago Bernabeu y una final de Copa Sudamericana que nos robaron en Buenos Aires frente al Boca Juniors en la mismísima "Bonbonera".

Arriba, pues, los Pumas.

viernes, 23 de noviembre de 2007

El Quijote como primera lectura o la primera lectura del Quijote

Creo que Juan Domingo Argüelles tiene razón cuando afirma que intentar que un niño tome al Quijote como su primer libro para fomentar el gusto por la lectura pudiera tener el efecto contrario, no así el hacer la primera lectura de esta obra, aunque se haga a una edad bastante madura y cuando uno está absolutamente convencido de que ya “sabe” leer. Como dice Martín Riquer: “¡Qué suerte, no haber leído nunca el Quijote y poder leerlo por primera vez!”.

Tal es mi caso. En 1965, es decir, hace más de cuarenta años, la décima parte de los 400 que en 2005 cumplió la obra máxima de la literatura española, mi maestro de literatura de tercero de secundaria, Agustín Monroy Carmona, un estupendo académico ya fallecido a quien debo mi enorme gusto por la literatura, intentó despertar en nosotros la curiosidad por el Quijote platicándonos de él y “obligándonos” a leer pasajes de algunos capítulos seleccionados; sin embargo, continuó su programa con lecturas más fáciles y entretenidas, aunque de indiscutible calidad, entendiendo claramente la dificultad intrínseca que para un adolescente representa la lectura de la creación maestra de Cervantes.

De entonces a la fecha, no tenía yo excusa: no lo había leído por la indescriptible pereza que el voluminoso libro y su simple trama –las aventuras de un loco y extemporáneo caballero andante y su escudero- me producían. Tuvo que venir la conmemoración del 400 aniversario del Quijote para que se despertara en mí el deseo tantas veces sofocado en décadas anteriores de cumplir con esta asignatura pendiente. Me detuve en una librería para comprar una obra de Truman Capote y salí de ella, además, con la magnífica edición Don Quijote de la Mancha de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Alfaguara, 2004).

Parafraseando a Riquer, ¡qué suerte nunca haberlo leído!, y mejor todavía, haberlo hecho en este estupendo y bello texto crítico de la Academia, con abundantes notas a pie de página a lo largo de las más de mil que conforman el libro, que, aunque muchas veces hacen fastidiosa la lectura, facilitan enormemente su cabal comprensión. Una edición, en fin, hecha con extremo rigor académico, pero sobre todo, con amor.

Se aprenden muchísimas cosas con la lectura de una obra tan vasta, como lo señalan muchos de los ensayos, textos y notas incluidos dentro del mismo volumen que comento, pero sobre todo una, que ya sospechaba, me queda clara: Don Quijote nunca dijo “ladran, Sancho, luego cabalgamos”.

De buenas y malas mafias

Desentierro la siguiente carta, publicada por mí en el número 6 (junio de 1999) de Letras Libres con el mismo título de esta entrada del blog, para destacar la mezquindad de esta revista literaria para reconocer el talento de intelectuales ajenos a su grupo. A principios de octubre envié a la citada publicación la carta La erudición de Labastida, que aparece en este mismo blog, y así se lo hice saber al aludido, Jaime Labastida, cuando se comunicó conmigo para agradecer la copia del escrito que mandé a la dirección general de la editorial Siglo XXI editores. De inmediato me dijo: "No se la van a publicar, porque cuando Octavio Paz dejó la dirección de Plural y yo me quedé a cargo, su grupo lo vio como una traición, el mismo Octavio incluido, y a pesar de que poco antes de morir platicó conmigo y se expresó sobre mi persona en términos muy elogiosos."

En efecto, no la publicaron, por lo que sigo creyendo que está vigente lo que les dije aquel junio del siglo pasado:

"Bien dice el dicho: no hagas cosas buenas que parezcan malas. Primero fue Sheridan, el domingo 18 de abril, en el suplemento cultural El Ángel del periódico Reforma, con una despiadada crítica contra los "puros", para utilizar sus mismos términos. Por supuesto, este calificativo lo dirige a todos aquellos que osan atacar a los "impuros", es decir, Paz, Krauze, sus proyectos culturales Vuelta y Letras Libres, y todos aquellos que estrechamente colaboraron o colaboran con ellos en estas aventuras literarias. Ahora son Christopher Domínguez Michael y Sergio González Rodríguez en el número cinco de Letras Libres en la "sección del lector", como reza el pie de página de Cartas sobre la Mesa. No deja de llamar la atención que dos de estos tres personajes sean miembros del consejo editorial de Letras Libres, y el otro, junto con Domínguez nuevamente, lo sea del de El Ángel. Por cierto, el único otro colaborador "espontáneo" de Cartas sobre la Mesa este mes es Aurelio Asiain, conspicuo miembro, también, del consejo editorial de Letras Libres. Todos ellos, pues, del equipo de "impuros" en cuya defensa irrumpe Sheridan. La crítica de González Rodríguez contra Carlos Fuentes me parece particularmente desagradable por hacerla con la lisonja de por medio y mordiendo el rebozo. Pudo evitarse toda esa verborrea e ir directamente a las dos o tres líneas críticas rescatables de su extenso escrito. Esto me motivó a releer el artículo de Krauze sobre Fuentes en el ejemplar de Vuelta que conservo de junio de 1988. Concluyo que lo que me molesta es ese bloque tan sólido que ustedes forman contra todo intento de crítica que no provenga del grupo mismo, y la forma tan despiadada con la que arremeten contra todo lo que se mueva afuera. Creo que ustedes son los realmente refractarios a la crítica. Todavía recuerdo cómo fui indirectamente tildado de infame por Christopher Domínguez Michael cuando me atreví a sugerir, durante un curso de literatura contemporánea que impartía él en la Ibero, que Televisa había influido para que le otorgaran el Nobel a Octavio Paz, con todas las señoras que componían el resto del grupo apoyando frenéticamente a Domínguez. No obstante todo lo anterior, y a pesar de que González Rodríguez no me gusta, disfruto enormemente los escritos de Sheridan en la revista, devoro los ensayos y análisis de Krauze, aun cuando no comparta muchas veces su opinión, y un par de clases que recibí de Domínguez Michael en la Ibero me parecieron soberbias. Parafraseando al propio Krauze cuando trata de explicar su relación con Televisa, creo que es posible intentar cambiar al sistema desde el interior del sistema mismo. Eso es lo que intento con la publicación de estos inocuos comentarios en "nuestro" espacio dentro de su revista."

Cartilla liberada

Recuerdo

Los 18 años marcan para mí la finalización de una vida amarga hasta entonces. Terminaba yo el bachillerato en una escuela lasallista, de puros hombres, la misma en la que había estudiado los doce últimos años. Estaba, por lo tanto, totalmente indefenso para afrontar los tres aspectos más candentes de la vida, esos en los que la gente nunca se pone de acuerdo y pueden hasta acarrear serias discusiones y riñas: religión, sexo y política. En religión, era absolutamente dogmático, como sólo esas “buenas” escuelas le enseñan a ser a uno; por la misma razón, la vigilia era de rigurosa observancia todo el año: nada de carne, además, con quién, habida cuenta de lo que establezco al principio; finalmente, aunque estamos hablando de 1968, la despolitización en este tipo de instituciones era pavorosa, baste con decir que yo aplaudía los discursos de Díaz Ordaz en esa época, con toda la vergüenza que me cuesta ahora confesarlo.

Curiosamente, no tuve de otra más que realizar mi servicio militar en un centro de instrucción castrense perteneciente a la prepa de la UNAM. Me llamó la atención que más de la mitad del año que duró nuestro “adiestramiento” los militares que estaban a cargo nos dejaban en libertad apenas pasada la lista, explicándonos veladamente lo que estaba ocurriendo, lo que a mis oídos sonaba a manera de disculpa, y solicitándonos que no anduviésemos de “revoltosos”. Esto me hizo tomar la conciencia que no despertaron en mí los hermanos lasallistas.

La obra quedó consumada al año siguiente cuando ingresé a la Facultad de Ciencias de la misma UNAM. Recuerdo esa época como la más dulce de mi vida, la de la liberación. Los tres grandes mitos, religión, sexo y política, se derrumbaron como castillos de naipes: me volví un ateo irredento, “credo” que felizmente sigo practicando hasta la fecha, los revolcones en el famosísimo “camino verde” de nuestra máxima casa de estudios todavía levantan polvos por los lodos que provocaron y, para acabar, me siento mucho más capacitado que cualquiera de los idiotas que pretenden gobernarnos.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Encuentros inesperados

Relato

Mi padre no siempre estuvo postrado en cama, como lo estuvo desde 1999 hasta hace unos días que murió, cuadrapléjico, “gracias” a la intervención quirúrgica de un médico inescrupuloso e incompetente que le aseguró que al día siguiente estaría caminando, pero ya sin los insoportables dolores que le provocaba la compresión cervical que desde tiempo atrás padecía.

No, de ninguna manera. Desde la década de los ‘40 del siglo pasado había sido guía de turistas. Hablaba el inglés sin acento por haber vivido en Estados Unidos toda su infancia, de tal forma que no representaba para él ningún problema transportar a los turistas en su propio vehículo y llevarlos a conocer las ciudades más importantes del país y sus lugares históricos de mayor interés. Cansado, después de más de 25 años en esta actividad, decidió aceptar la oferta para entrar a trabajar en la Embajada de Estados Unidos en México como coordinador del “motor pool”, es decir, del departamento de transportación de la sede diplomática.

Un día de junio de 1970, recibió la encomienda especial de transportar a un funcionario norteamericano, de visita en México y apasionado del futbol, o “soccer”, como dicen ellos, en un tiempo récord. El oficial iba a estar en reuniones las primeras horas de la tarde, pero mi padre dispondría de ¡15 minutos! para conducirlo personalmente al Estadio Azteca para presenciar el partido Alemania contra Italia, dentro de las semifinales de la Copa Mundial México ’70. No debería enviar a ninguno de sus choferes, tendría que llevarlo él en persona.

Mi padre, sabiendo de mi fanatismo por el futbol y mi pasión en este sentido por Alemania, pues recordaba cómo sufrí con la derrota del equipo teutón en la final de la copa mundial del ‘66 frente al equipo anfitrión, Inglaterra, con un gol fantasma en tiempos extras, y la venganza que acababa de tomar Alemania hacía pocos días, en León, derrotando a los ingleses 3-2, curiosamente también en periodos extras; sabiendo, pues, de este fanatismo y con tiempo suficiente para pasarme a recoger a la casa, mientras el funcionario tenía sus reuniones, no lo dudó y fue por mí para que lo acompañara a un palco oficial del estadio junto con dicho individuo.

Faltando 15 minutos para el comienzo del gran partido, recogíamos a este señor frente a la embajada y emprendíamos, literalmente, el vuelo hacia el Estadio Azteca, auxiliados por un escuadrón de motociclistas que nos hizo llegar incluso un par de minutos antes del comienzo del encuentro. No recuerdo, ni entonces (tenía yo 20 años) ni ahora, haber viajado tan rápido en mi vida... ni desearía volverlo a hacer, claro.

Tuve la fortuna de que nuestro “invitado”, aunque más bien éramos mi padre y yo los entrometidos en un palco oficial –tal era la confianza que en la embajada le tenían a mi progenitor-, fuera también un fanático declarado de Alemania, de tal suerte que después de un par de cervezas, que a esa edad era lo máximo que mi padre me permitía consumir, y un partido de vaivenes en que no bien había un equipo tomado la delantera cuando ya el otro lo había alcanzado y rebasado, el “invitado” y yo comenzamos a intimar y celebrar cada gol como si fuera el propio, con la agravante de que aquél, mucho más curtido que yo, llevaba ya varias cervezas adicionales a las dos de rigor mías.

Al final y, para no variar, después de unos tiempos extras emocionantísimos, “perdimos” 4-3, pero con el orgullo de haber presenciado lo que desde entonces y hasta la fecha se conoce como “El partido del siglo”, pero, además, yo salí con el gusto adicional de haber departido, gritado, bebido y disfrutado en compañía de Henry Kissinger, no tanto por este siniestro personaje como por el recuerdo imborrable que dejo en mi mente el deporte de mis amores.

Tal era, repito, la confianza que le tenían a mi buen padre, quien, impedido de beber pues tenía que llevarnos de regreso, nos miraba, incrédulo, con una sonrisa apenas dibujada en su rostro y moviendo la cabeza de un lado a otro.

Papá, levántate y llévame al fut otra vez.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Determinación del misterioso número pi (3.14159...)

Abundando un poco más sobre mi hallazgo matemático de que la relación del perímetro de cualquier cuadrado a su diagonal es la constante 2√2, llegué a la siguiente generalización: para todo polígono regular de 2n caras, donde n es cualquier número natural (1,2,3,...), existe una relación constante entre su perímetro y su diagonal principal, que nos viene dada por

2n cos(90(n-1)/n)

que, obviamente, tiende a pi (3.14159...) cundo n tiende a infinito.

No fue muy difícil llegar a esta conclusión y demostrarla mediante trigonometría elemental. Desgraciadamente también descubrí que Arquímedes se me había adelantado unos cuantos años en la determinación de pi utilizando, igualmente, fórmulas trigonométricas.

En particular, esta fórmula es cierta para n=2, es decir, para el cuadrado, ya que

2x2 cos(90(2-1)/2) = 2√2.

Para n=1, tendríamos un "polígono" cerrado de dos lados (una recta en realidad) para el que aplica la misma fórmula, ya que la relación es, obviamente, 2.

"Inocuo" 13

Cuento

Me ufanaba en desafiar al 13. Cuando viajaba en avión y la empleada de la aerolínea me inquiría "¿ventanilla o pasillo?", yo simplemente respondía "en la fila 13". Lo mismo ocurría al llegar a los hoteles: "¿cuarto de fumar o no fumar?"; "en el piso 13", respondía yo lacónica y desdeñosamente. Cuando por estúpida superstición el hotel "carecía" de este piso, pedía yo el que usurpaba sus funciones, es decir, el 14.

Al llegar al teatro, no permitía yo que el empleado de la ventanilla osará cohecharme, simplemente pedía yo la butaca 13, de cualquier fila, antes de que aquél iniciará el rito de querer obtener unos pesos más para sí.

Y así en todo. Llegó, sin embargo, el día en que, por azares del destino, al inscribirme en un curso de periodismo me tocó, sin solicitarlo yo obviamente, la ficha número 13. Esto, por supuesto, me llenó de gozo... al principio. Desgraciadamente esto coincidió con mi cumpleaños número 52, y ahí comenzaron los problemas.

Me comenzó a entrar una paranoia que no tenía más explicación que la de la ruleta rusa: había yo desafiado tanto a la suerte que ésta se estaba cobrando en el momento justo sus "servicios". Empecé por no dormir una, dos, tres noches, lo cual incrementaba mi desasosiego. Cuando cumplí el mes de mal dormir decidí buscar ayuda profesional.

Lo he intentado todo, médica y medicinalmente hablando: alopatía, homeopatía y psiquiatría; Ativan, Tafil y Prozac... y nada. Después de meses, la figura que me devuelve el espejo por las mañanas me espanta. Mis ojeras me deprimen aún más, y este círculo vicioso se ha convertido en un infierno sobre la tierra.
Muy bien sé que ese maldito 13 me está llevando inexorablemente a la muerte...

Seudo cuadratura del círculo

Qué gusto descubrir cosas por uno mismo en un momento de divagación, sobre todo cuando ya se pasa de los cincuenta y en la escuela jamás se “enseñan” obviedades de una belleza intrínseca sin igual. Me refiero a la relación que guarda el perímetro de todo cuadrado con respecto a su diagonal.

Así como la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro es el conocidísimo y respetado número irracional (por definición, aquel que no se puede expresar como el cociente de dos números enteros) pi (3.14159...), en un cuadrado existe una relación igualmente sorprendente y hermosa, pero ignorada de forma generalizada: el perímetro de un cuadrado dividido por la longitud de su diagonal es constante e igual a otro número irracional, aunque mucho más elegante: √8 = 2√2.

La comprobación de esta maravilla, por álgebra elemental, es inmediata para un cuadrado cuyo lado tiene una longitud a. Así, su perímetro dividido por la longitud de su diagonal sería:
4 a / √(a² + a²) = √(16 a² / 2a²) = √8 = 2√2.

¡Sorprendente!

Hurgando hábilmente, hice histórico hallazgo

Discurso desconocido de Daniel Defoe

Damas:

Doctos documentos dicen: de diversas décadas decanta Descartes diligentes deducciones, dándoles detallada difusión, desechando deleznables diarios de dudosa dignidad.

La Tota, campeón sub 17

Cuento

Sí, sí, sí, en aquel entonces los torneos mundiales de futbol solían ser de menos de 17 equipos, es decir, 16, los cuales se distribuían en cuatro grupos de otras tantas escuadras cada uno, por lo tanto, había más mérito en acudir a la gran justa mundial del balompié, el deporte más popular del planeta. A otras competencias mundialistas entrarían, posteriormente, 24 equipos, hasta llegar, en la actualidad, a la cifra “inimaginable” de 32, en un torneo de más de un mes de duración.

Claro que de México se decía que era un clasificado geográfico, pues tenía que competir contra el, en aquel entonces, débil Estados Unidos, y demás equipos del área centroamericana y del Caribe, “clientes” tradicionales del futbol mexicano.

Sin embargo, para aquel Mundial del ’62 en Chile, México había tenido que trabajar realmente duro y ganarse a pulso su participación, pues además de la contienda regional, tuvo partidos de repechaje, a visita recíproca, contra ¡Paraguay!, habiendo obtenido un empate a cero en el partido de ida en el estadio olímpico universitario de la UNAM, y ¡venciendo a los paraguayos 1-0 en su propio terruño!

En todo esto jugó un papel destacado el máximo ídolo bajo los palos que ha tenido nuestro balompié: Antonio La Tota Carbajal, portero del gran orgullo de El Bajío: los panzas verdes del León. Era la época en que la flamante selección mexicana estaba conformada en su totalidad por el campeonísimo Guadalajara, excepto el portero, que no podía, -no debía, vamos-, ser otro más que la gran Tota, muy a pesar de la existencia de otros dos grandes arqueros: Jaime El Tubo Gómez, del ¡Guadalajara!, y Antonio El Piolín Mota, del Oro, también tapatío. No era para menos, La Tota estaba a punto de participar en su cuarto Mundial consecutivo, el primer jugador en el ámbito internacional en hacerlo.

Imaginen entonces a una selección conformada por el ídolo leonés por excelencia bajo los palos y diez chivas más, en el clásico esquema de la época: en la portería, Antonio La Tota Carbajal; en la línea de tres, Arturo El Curita Chaires, Guillermo El Tigre Sepúlveda y José El Jamaicón Villegas; en la media, Juan El Bigotón Jasso y Panchito Flores, y adelante, Isidoro El Chololo Díaz, Salvador El Melón Reyes, Héctor Hernández, Sabás Ponce y Raúl La Pina Arellano. ¡No, hombre!

El máximo “triunfo” conseguido hasta entonces era el empate a uno contra el País de Gales, durante el Campeonato Mundial celebrado en Suecia en 1958, gol conseguido, por cierto, por el también guanajuatense Jaime Belmonte en la ciudad de Solna, razón por la cual los comentaristas se referían siempre a él como Jaime Belmonte, El Héroe de Solna. Jugó siempre en el Irapuato con el número 7 en los dorsales, era dorada del futbol en que los jugadores se numeraban del 1 al 11 y no se permitían cambios, ni por lesión siquiera. Este evento, además, marcó el debut de Pelé con una soberbia actuación, que ya nada ni nadie, excepto México, detendría mientras duró su carrera deportiva.

Pero volviendo al tema central, no sólo fue una calificación difícil la del ’62, sino que previo a ella, a finales de 1961, el equipo nacional se preparó como nunca antes lo había hecho, pues realizó una gira épica por Europa que fue a la vez un rotundo éxito y un estrepitoso fracaso: se le ganó 2-1 a ¡Holanda en Ámsterdam!, con una heroica actuación de La Tota en su cabaña, y se perdió ¡8-0! ante Inglaterra en Wembley, con un desafortunado desempeño del equipo mexicano y El Piolín Mota en la portería. Otra hubiera sido la historia del partido, dados los antecedentes días atrás frente a Holanda, si La Tota no estuviera lesionado y se hubiera presentado bajo los postes. Fue un desastre.

Sin embargo, la dulce experiencia paraguaya y la agridulce aventura europea resultaron fundamentales para la realización de la hazaña, no tanto tapatía como leonesa, en el Campeonato Mundial de Futbol de 1962 en Chile.

Muchas veces se repite el maniqueo cliché grupo de la muerte, pero vaya que nunca mejor aplicado para aquel del cual formó parte nuestro país en El Sausalito de Viña del Mar. Sus rivales eran ¡Brasil, Checoslovaquia y España! Imagínense, un “clasificado geográfico” contra el, en ese entonces, campeón mundial y dos potencias europeas.

Pues bien, México debutó con un histórico empate a cero frente Brasil gracias a la heroica actuación de La Tota, que esa tarde estuvo imposible y detuvo todo lo que le lanzaron Pelé, Didí, Garrincha y compañía.

Desgraciadamente, continuó con una dolorosísima derrota de último minuto frente a España. Dolorosísima por ese motivo y por la forma: una descolgada de Peiró por la banda izquierda cuando México tenía encajonados a los españoles en su propia área, y el gran esfuerzo, aunque infructuoso, de La Tota, valientemente saliendo a detener, como fuera, el disparo del delantero hispano.

Afortunadamente, la historia del grupo de la muerte culminó con un triunfo por demás brillante y espectacular de los tricolores sobre el equipo con el mejor portero del mundo: Checoslovaquia y Schroiff, a quienes ganaron 3 goles a 1, otra vez gracias a la soberbia actuación de La Tota, él sí, entonces, el Mejor Portero del Mundo, así, con mayúsculas.

Por obra, literalmente, de La Tota, más que de los tapatíos, este grupo estuvo representado en los cuartos de final por Brasil, primero en el mismo, y ¡México!, sorprendente segundo lugar. Y de ahí pa’l real...

Brasil pasó fácilmente sobre Inglaterra, 3-1, en dicha fase, y el enrachadísimo México 1-0 sobre Hungría, ya ni menciono debido a quién. No, no fue La Tota el autor del tanto, pero qué más da quién haya sido si Carbajal evitó por lo menos tres que ya coreaban los 12,200 incrédulos espectadores en las tribunas.

La siguiente víctima de los mexicanos, ya en ¡semifinales!, fue una sorprendida Yugoslavia ante la grandeza del infranqueable guardameta que prácticamente no dejaba espacio por dónde colar el balón. No obstante, en un descuido defensivo del Curita Chaires, lateral de todas las confianzas de Carbajal, los yugos pudieron finalmente anotar el gol de la “honrilla”, cuando ya los aztecas navegaban hacia una cómoda victoria de 3 a 0. Mientras tanto, los brasileños, con una soberbia actuación, daban cuenta fácilmente de los anfitriones, Chile, 4 tantos a 2.

Finalmente, lo han adivinado ustedes, se llegó el día de la Gran Final: 17 de junio de 1962. La sola mención de los nombres de los jugadores que conformaban la selección brasileña -Gilmar, Djalma Santos, Nilton Santos, Zito, Mauro, Zózimo, Garrincha, Didí, Vavá, Amarildo y Zagallo- hacía que el rival se sintiera intimidado y derrotado –qué digo derrotado, goleado y humillado- de antemano por el poderosísimo equipo carioca, a pesar de que Pelé había desaparecido de la escuadra verdeamarella por lesión, siendo sustituido por quien resultó ser la revelación del torneo, Amarildo. Y así parecía ser al principio: Brasil apabullaba a México y embelesaba a los 68 mil espectadores presentes en el Estadio Nacional con su arte maravilloso, pero no dejaba de sorprenderlos igualmente, y si se quiere aún más, el maduro cancerbero que resguardaba los palos mexicanos. Conforme avanzaba el partido, se empezó a escuchar a grandes sectores del público corear el bisílabo ¡To-ta!, ¡To-ta!, ¡To-ta!..., y de repente los chilenos se sentían más mexicanos que los millones de fanáticos que varios miles de kilómetros al norte escuchaban el partido por la radio, con la desesperación de la “ceguera” mediática que se padecía en aquellos tiempos. Así y todo, lo mejor y más dramático estaba aún por venir. Los brasileños, ya con el cronómetro en contra, no querían irse a tiempos extras, ni mucho menos a un segundo partido que, por reglamento, tendría que jugarse 48 horas después, y tenían acorralados a los mexicanos en su propia área.

Inesperadamente, Amarildo conectó un potente, certero y soberbio cabezazo a un lado de La Tota, quien, instintivamente, levantó el pie, y el balón, que seguro hubiera picado en el césped para después incrustarse en las redes mexicanas, salió, sin embargo, rebotado a los linderos del área grande, donde un desconcertado delantero mexicano -¿qué más da quién?- lo tomó y se enfiló hacia el marco contrario, justo como el español Peiró se lo había hecho al cuadro mexicano en la única derrota que hasta el momento tenía. Y de la misma forma que Peiró, El Chololo Díaz (qué más da, repito, si el verdadero héroe era el leonés Carbajal) se enfiló hacia la meta contraria y clareó al guardameta Gilmar, que con el rostro en el pasto y profundamente desconsolado quedó tendido en el campo llorando su derrota, exactamente de la misma forma en que un antihéroe, compatriota suyo, de cuyo nombre no quiero acordarme, justamente doce años atrás, produjo el vergonzoso episodio que por siempre será recordado como El Maracanazo.

Pero esa es otra historia. La mía es de héroes, perdón, de Héroe, la de La Tota Carbajal, que quedó indeleblemente grabada en mi mente infantil al proporcionarnos el máximo orgullo deportivo que podemos presumir los mexicanos en nuestra historia, en pleno siglo XXI: la Copa Mundial de Futbol, Jules Rimet, de 1962.

Resulta increíble: La Tota hizo nuestro el lema del organizador chileno del certamen mundial de 1962: “Porque nada tenemos, todo lo haremos”.

Años más tarde (32, para ser exactos), en 1994, tuve la oportunidad de agradecérselo personalmente cuando ambos regresábamos en el mismo avión, él como comentarista deportivo y yo como simple aficionado, de presenciar la derrota de México ante Bulgaria en el Mundial de Estados Unidos. La Tota venía muerto de miedo, como siempre le ha ocurrido cuando vuela. Qué curioso, atemorizarse por ello y no haberlo hecho frente a un auténtico pelotón de fusilamiento: ¡Garrincha, Didí, Vavá, Amarildo y Zagallo!

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Big bang

Cuento

Dijo Dios: "He vivido eternamente aburrido, y, ¡bang!, se suicidó. Y la luz se hizo...

Después, ya no dijo nada.

martes, 13 de noviembre de 2007

Ambición cumplida

Cuento

Desde siempre, Carolina le había insistido a su padre que la llevara al Bolshoi, “aunque sea a Rusia”, le había dicho.

Todo empezó años atrás cuando el señor se llevó a toda la familia de vacaciones a Guanajuato para disfrutar del Festival Internacional Cervantino, a mediados de la década de los 80. Carolina, que tendría entonces unos cinco años, quedó fascinada con los espectáculos dancísticos que se montaron en aquella ocasión. Y todo contribuyó a este fin: la belleza de aquella ciudad colonial, la majestuosidad del Teatro Juárez y el soberbio ambiente que el escenógrafo instaló en ese recinto sin par. La fama del festival, por cierto, ya había trascendido fronteras.

A partir de aquel momento, la tierna mente de la niña fue indeleblemente marcada por este bello arte, a tal grado que Carolina insistía año con año en regresar a Guanajuato para que la llevaran “al Cervantino”. Sin embargo, la empresa se fue tornando más y más difícil, toda vez que los hermanos de Caro, menores los dos, preferían el futbol y la playa, y aunque disfrutaban igualmente de la ciudad colonial y los espectáculos que para ellos se daban, su deleite estaba más al aire libre.

Carolina, por otro lado, obsesiva como era, se había vuelto una fanática de la danza, igual o más que los niños del futbol. Y así como éstos se declaraban fieles seguidores de los mejores equipos de España, Inglaterra, Francia e Italia, aquélla quiso averiguar dónde se practicaba el mejor ballet del mundo, y quedó particularmente satisfecha al saber que no era en ninguno de los países “de” sus hermanos, sino uno más lejano, que curiosamente hacía muy poco se había separado también de sus “hermanos”, y en donde desde siempre habían florecido la música, la ciencia, la literatura y... la danza. La mamá, una apasionada de las letras, le contó que Rusia era, además, la tierra de grandes artistas como Dostoievsky, Tolstoi, Chejov, Turgueniev, autores de obras tan famosas como Crimen y Castigo y Ana Karenina, de las que la niña ya sabía por películas y libros infantiles.

Melómana, la señora también le recordó a otro ilustre ruso: Tchaikovsky, autor del Cascanueces y El Lago de los Cisnes, tan conocidas, queridas y ejecutadas por la hija desde que ésta era pequeña. Por no quedarse atrás, su esposo, matemático, le dijo que Rusia era también el país de Tchebychev, un genio en la teoría de números.

Por extensión de sus padres, Carolina se volvió, pues, una entusiasta de Rusia, aunque por un motivo diferente: el Ballet Bolshoi, del que quiso saber todo lo que aquéllos pudieran platicarle.

El padre, harto ya de la ciudad de México, donde siempre habían radicado, y de las disputas de los hijos sobre el mejor lugar para pasar una cortas vacaciones, se dejó influir por Caro para irse a vivir “cerca de Guanajuato”. Así, le dijo, me podrías llevar junto con mamá “al Cervantino” y disfrutar los tres del ballet, perdón, añadió, del festival, sin necesidad de tener que dormir fuera de casa.

No fue difícil escoger León como el lugar ideal para tal propósito, y en menos de tres meses la familia estaba ya totalmente instalada en esa cosmopolita ciudad.

Los niños entraron a la escuela y escogieron, obviamente, las academias de futbol y danza, pero la obsesión de la niña la llevó a tomar tres días adicionales a la semana de ballet por las tardes. La modesta escuela donde tomaba sus clases le brindó incluso la oportunidad, tiempo después, de obtener su certificado de la Academia Real de Bellas Artes de Londres.

Mientras estos años pasaban, madre e hija siguieron disfrutando del Festival Internacional Cervantino. Es increíble hasta qué punto las obsesiones, la tenacidad, un sueño de vida y el escenario adecuado pueden contribuir a moldear el carácter y la personalidad. Y el festival había sido eso, el catalizador que Caro necesitaba para dar cauce a su energía y ansia de vivir desbordantes.

Entre tanto, el padre, que comenzó tomando como pretexto el cuidado de los niños mientras las mujeres de la casa disfrutaban del arte, empezó a encerrarse más y más en sí mismo, hasta que el pretexto se agotó: los niños crecieron y preferían, por supuesto, a los amigos. El gusto por lo bello, que el mismo había fomentado, terminó por desaparecer.

Es difícil determinar las causas de la melancolía. Puede que ésta venga dada por una carga genética o que sea provocada por factores externos, pero lo cierto es que ahí estaba este señor, rodeado de una familia feliz llena de energía vital, a punto de desfallecer sin causa aparente. La depresión clínica no fue más que un resultado natural de este proceso.

Luego vinieron los medicamentos, esos que se venden y comercializan como una panacea y que resultan en beneficio mayormente de los laboratorios que los producen y que les reditúan miles de millones de dólares al año en todo el mundo. La reclusión temporal fue lo que le siguió. Quizá haya sido esta vuelta a un ambiente de párvulos, ajeno por completo al mundo que él y sólo él se había creado y que sirvió de caldo de cultivo ideal para su desquiciamiento, la que lo llevó a reaccionar.

Unas pocas semanas después, el papá volvía a correr todos los días alrededor de la presa El Palote en el Parque Municipal, y disfrutaba de nuevo del hermoso paisaje que circunda ese enorme espejo de agua. Adicionalmente, tomó el gusto una vez más por las matemáticas y se inscribió en la maestría que imparte el Centro de Investigación en Matemáticas en La Valenciana.

Y llegó octubre, y con él “el Cervantino”. Y con el festival, por primera vez en Guanajuato, el Ballet Bolshoi, el auténtico, no una réplica, como esas esculturas de artistas famosos que hay una en veinte países distintos a la vez.

El sueño, tantos años acariciado por Caro, se hacía realidad. Su padre se preguntaba cómo transmitirle, cómo hacerle sentir que le importaba, y mucho. Que el distanciamiento que se había dado entre ellos era necesario para mejor disfrutarlo, y que ese sueño era igualmente suyo y de toda la familia, vamos, hasta de sus hermanos.

El escenario, el imponente y majestuoso Teatro Juárez, otra vez, como hacía ya casi veinte años, lucía esplendoroso y maduro, fruto de la experiencia que el tiempo y tantos festivales le han brindado a la hermosa ciudad de Guanajuato.

La danza transcurría de una manera sincronizada y perfecta, y el padre no pudo evitar que se le rasgaran los ojos cuando Carolina ejecutó el último movimiento en el proscenio, a unos pocos metros de donde él se encontraba. La multitud, exultante, desgranó una atronadora ovación en honor de la joven artista consagrada, mientras su papá le arrojaba el ramo de rosas que su emoción no dejó de estrujar durante toda la obra.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Héroe de tiempo completo

Cuento

- Otra vez tarde, Juanjo –le dijo su esposa-, y enfurruñado como todos los días.

- Es que ya no aguanto, Victoria, te lo juro –repuso Juan José-, un día de éstos exploto y mando la mina al carajo, no soporto ver cómo nos tratan estos gachupines y además para saquear nuestras riquezas. Hoy discutí con uno de los capataces y estuve a punto de liarme a golpes con él por haber humillado a Miguel.

- ¡Qué necio eres! –dijo ella-, y después, ¿qué vamos a hacer? En estos tiempos de revueltas va a ser difícil que encuentres otra cosa.

- Pues me uno a los insurgentes, ésa sería la mejor forma de tomar venganza de los españoles. No te creas, ya lo he pensado.

- ¡Estás loco! –respondió Victoriana enojada, a sabiendas de que su marido hablaba en serio, pues no era la primera ni la única a la que ya con anterioridad le había hablado con tanta rabia sobre su proyecto.

- Es más, para demostrarte que lo digo en serio, mañana mismo hablo con quien se ha encargado de reclutar a otros mineros para luchar por nuestra libertad contra esos desgraciados invasores.

- Pues allá tú –terminó su esposa-, pero bien sabes que eso representará nuestra ruina. ¿Qué te tienes tú que preocupar por liberar a nadie cuando ya nuestra propia situación es bastante precaria? –y enfadada se levantó de la mesa, donde ni la merienda comenzaban aún, y salió con prisa del cuarto.

Y no era que le faltara razón al uno ni a la otra, pero, por lo mismo, era difícil llegar a una posición conciliadora que los dejara satisfechos a ambos.

El cura de un pueblo vecino había puesto ya el ejemplo al encabezar a un grupo de revoltosos en contra de los gachupines, arengándolos una madrugada para que lucharan en contra de la opresión secular y a favor de su libertad. Su ejemplo pronto cundió y en muchos de los principales poblados de los alrededores surgieron colaboradores y líderes espontáneos.

Juan José se apersonó con uno de éstos y, sin pensarlo más, dijo que quería colaborar, y con mayor celeridad aún, aceptó su primera encomienda: participar en la toma de la principal fortaleza de los españoles, donde, atrincherados, guardaban víveres, armas y los tesoros saqueados de las minas de la entidad.

A pesar de su juventud, pues recién había cumplido los 18, Juan José ya padecía de los pulmones por el trabajo duro en la mina, por lo que no le importó gran cosa tomar la iniciativa y, adelantándose a cualquier orden, encendió una tea y enseguida, auxiliándose únicamente de su fortaleza, puso sobre su espalda una gran losa que halló entre los escombros.

Inmediatamente despertó la curiosidad y asombro entre sus compañeros, quienes le proporcionaron la brea que él con desesperación solicitaba. Sin duda tenía ya una idea fija en la mente, pero ésta no le quedó clara a los otros insurrectos, hasta que vieron a Juan José arrastrándose con dificultad, con la brea en una mano y la antorcha en la otra, dirigirse hacia la gran puerta de madera que daba acceso a la fortaleza.

Nadie daba crédito a lo que veía, pero no dejaban de admirar el valor de aquel musculoso mozalbete cuya intrepidez superaba toda la de ellos junta.

No bien hubo avanzado Juan José unos cuantos metros cuando se dio cuenta de la locura que estaba cometiendo, pero ello, lejos de desanimarlo, lo alentó, con la idea fija en la cabeza y la emoción hinchiéndole el corazón de ser, él solo, el salvador de la patria.

Sin embargo, justo a la mitad del camino, exhausto, hubiera querido regresar, las piernas le temblaban por el gran esfuerzo y apenas podía sostener la tea y el recipiente con la brea. Para colmo, el calentamiento que sobre la losa producía la metralla del enemigo resultaba ya insoportable para su espalda.

La asfixia empezó también a atosigarlo a causa de sus deteriorados pulmones. Así y todo, un largo rato después, que pareció interminable incluso a los simples espectadores, Juanjo alcanzó, por fin, el ansiado portón.

Como pudo, lo embadurnó de brea y, casi al mismo tiempo, le prendió fuego con la tea. El espectáculo que provocó la llamarada fue impresionante, además de que contagió de un entusiasmo inusitado a sus compañeros que, sin mediar consideración alguna, se abalanzaron sobre la puerta y comenzaron a pasar unos sobre otros y todos sobre Juan José que, rendido, había quedado tirado en el suelo con todo y losa encima.

En el camino hacia la puerta, muchos de los rebeldes cayeron irremisiblemente bajo la metralla enemiga que salía despedida desde la fortaleza, pero ello no obstó para que la turba siguiera avanzando como un monstruo de mil cabezas.

Para Juan José, de improviso, todo aquello resultó incomprensible y grotesco. Había podido liberarse de la losa, pero era incapaz de ponerse en pie pues sentía que las piernas le flaqueaban como a un guiñapo. No oía más que el vocerío de la turbamulta, sin distinguir nada coherente entre lo que se profería.

De repente, empezó a escuchar claramente una voz de mujer... su mujer.

- ¡Juan José, Juan José!... – la escuchó que gritó con desesperación.

Éste se sintió salvado, pues sabía que su mujer era la única que en aquel confuso momento podría hacer algo por él, la única a la que él le interesaba no obstante todas las disputas que hubieran podido tener, y a pesar de su terquedad y empecinamiento por unirse a la revuelta.

- ¡Juan José, Juan José!... – volvió a escuchar.

- ¡Aquí, Victoria! ¡Aquí, mi amor! – respondió Juan José con un alivio indescriptible.

- Para como están las cosas en la mina y tú tendido en la cama todavía. De seguro hoy sí llegas tarde y tendrán la excusa ideal para correrte –siguió Victoriana, furiosa, sin prestar atención a lo que aquél decía.

Juan José, aún amodorrado, no alcanzaba a comprender lo que estaba ocurriendo, pero súbitamente empezó a sentir vergüenza, una vergüenza únicamente equiparable a la que los criollos le provocaban en las minas.

Con vergüenza y todo, Juan José de los Reyes Martínez Amaro, El Pípila, como le conocían familiares y amigos, se levantó rápidamente y vistió con presteza sus arreos de trabajo, y se encaminó con premura rumbo a la mina, donde transcurriría otra jornada extenuante de febril actividad para todos los que ahí laboraban.

domingo, 11 de noviembre de 2007

La erudición de Jaime Labastida

Cuántas veces no ha oído uno la cita de este o aquel filósofo en los doctos escritos de nuestros intelectuales, de esas que lo dejan a uno desarmado preguntándose: y a todo esto qué sé yo de uno o del otro y, peor aún, cuándo he hecho el menor esfuerzo por superar tan vergonzosa deficiencia, y la próxima vez que acudimos a una librería hurgamos tímidamente en los estantes por “algo” de Kant o de Spinoza o de Descartes, si no, en plan ya verdaderamente infantil, por “otro tanto” de Sócrates, Platón o Aristóteles.

Pues bien, casualmente me enteré del libro de Jaime Labastida El Edificio de la razón. El sujeto Científico por una entrevista que le hicieran al autor en la sección cultural de El Financiero. ¡Qué maravilloso hallazgo! El libro lo leí de un tirón y por él supe bastante más no únicamente de ellos sino, además, de Heráclito, Parménides, Bacon, Leibniz, Berkeley, Hume, Hegel, Comte; de científicos “duros” como Galileo, Newton, Humboldt, Darwin, Heisenberg, y de científicos sociales y humanistas como Vesalii, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Adam Smith, Freud, Lacan, Saussure, Popper, pues Labastida elabora magistralmente su ensayo para mostrarnos cómo unos han influido decisivamente sobre los otros en el desarrollo de la ciencia y su hija legítima, la tecnología. Como el autor insinúa, deconstruyendo los primeros el edificio de la razón, para entenderla y explicarla, y reconstruyéndolo para que los segundos elaboren sus teorías a buen resguardo, incluidos los mismos filósofos de la ciencia.

Ojalá alguno de los múltiples lectores de este blog pueda abordar con mayor hondura este delicioso tratado, aunque sólo sea para sacar de él el mismo placer y satisfacción intelectual que yo obtuve.

Abogando por la Eutanasia

El miércoles 10 de febrero de 1999 mi padre, un anciano de 78 años de edad en ese entonces, fue intervenido quirúrgicamente de la columna cervical por un criminal que le aseguró que a las 24 horas saldría del hospital por su propio pie, lo cual toda la familia creyó cándidamente, pues, hasta entonces, mi padre había caminado normalmente toda su vida, y la operación sólo era para aliviar los dolores que le causaba la compresión de la médula cervical por las vértebras correspondientes.

Mi padre no volvió a caminar ni a valerse por sí mismo, incluso para las cuestiones más elementales: alimentarse y asearse, pues lo invalidaron del cuello para abajo. El sábado 20 de octubre de 2007 falleció.

Las crisis que don Nicolás, mi padre, padeció durante estos ocho años, ocho meses y diez días fueron múltiples y dramáticas, especialmente los dos últimos años, en que nos repetía que lo único que quería era morir ya. Yo le ofrecía mi auxilio en este sentido, haciéndole ver que la eutanasia era una práctica común en nuestros días y que conocía doctores que le podían proporcionar este alivio extremo. Enseguida desviaba la conversación y yo le hacía ver que en realidad no era eso lo que quería, y así, una y otra vez, durante más de dos años.

Sinceramente creo que no haya sido por cobardía ni por principios o sólidos valores religiosos (¿los habrá conservado?), sino más bien por no involucrar en problemas de conciencia o legales a sus hijos, dos de los cuales siguen siendo firmemente creyentes (o “crédulos”, como me preguntaba mi hija, cuando era pequeña, que si así se les llamaba a los que a diferencia nuestra sí creían). Digo esto porque en los últimos meses se abandonó, comía poco, escupía los medicamentos, casi no tomaba agua y se la pasaba dormitando y con dolores la mayor parte del tiempo, siempre bajo el cuidado de una enfermera las 24 horas del día. El sábado le vino una hemorragia interna y se le llevó al hospital inmediatamente. Los doctores sugirieron una traqueotomía y él movió negativa y desesperadamente la cabeza. Se le regresó a casa de mi hermana, y mi hermano trajo a su médico personal, quien dijo claramente que era el final, que no se atrevía a emitir un pronóstico, pero que podían ser 24 o 48 horas, o más incluso ateniéndose a lo que ya había resistido hasta entonces. Tres horas más tarde falleció.

Huelga decir los problemas de toda índole que esta tragedia ocasionó durante todos estos años. Mi madre, ahorrativa, le heredó una cantidad considerable cuando murió hace más de 14, misma que conservaba hasta antes de su operación en 1999 y que se esfumó en cinco años. El tiempo restante corrió por cuenta de los hijos. Adicionalmente, como mi padre tuvo la “mala ocurrencia” de morir en sábado, hubo que embarrar las manos de funcionarios públicos o simples particulares con las consabidas dádivas, pero el colmo fueron los buitres mercaderes de la muerte. Sólo un ejemplo: el ataúd les cuesta tantos miles de pesos, pero si ustedes deciden cremarlo, les devolvemos la mitad al final de la ceremonia y nos quedamos con él. No quiero ni imaginármelo, pero quién nos garantiza que no se quedan con él de cualquier forma.

En fin, puedo tener mis reticencias en cuanto al aborto, aunque respaldo incondicionalmente y sin reservas la decisión de la ALDF de legalizarlo y de la mujer de optar por él si así lo considera conveniente, pero en cuanto a la eutanasia, por favor, no debiera haber duda ya y se tendría que haber legalizado desde hace muchísimos años, y, en este caso sí, ser optado libre y conscientemente por el único afectado. Y debiéramos ya estar educando a nuestros hijos en tan piadosa práctica, que aplicamos de manera responsable y plausible en los animales que sufren. No seamos hipócritas, la eutanasia ya se aplica clandestinamente y con la aprobación plena y hasta suplicante del único que la “padece”. Yo, por mi parte, ya dejé plasmada esta voluntad en el testamento oral a mi esposa e hijos, por si no pudiera yo expresarla personalmente y tuvieran ellos que tomar la decisión en un momento dado.

Dios ha muerto (Nietzsche dixit), obviamente bastantes siglos antes de que intervinieran a mi padre. Sin embargo, en los demonios sí creo: en el maldito que lo baldó y que salió impune a pesar de haberlo denunciado ante la Conamed y la PGJDF, y a ésta ante la CDHDF por su corrupción e ineficiencia, pero sobre todo creo en el demonio de nuestros prejuicios e ignorancia, que mantuvo a mi padre en un verdadero infierno los últimos años de su “vida”. Cumpliría 87 el mes próximo. Se queda en mi memoria la paz de su semblante, que contemplé a través de la mirilla del famoso ataúd el sábado 20 de octubre de 2007.