domingo, 5 de noviembre de 2017

¿Decepción cuántica?

Acabo de leer el libro de Stephen W. Hawking Historia del tiempo / Del big bang a los agujeros negros (editorial Crítica, 2017 / Editorial Planeta, 2013) en su edición de aniversario, a 25 años de su publicación original en inglés, A Brief History of Time From the Big Bang to Black Holes (1988). En el libro, Stephen Hawking se manifiesta optimista de encontrar una teoría unificada para la mecánica clásica o celeste (relatividad general) y la mecánica cuántica o subatómica (de partículas), algo así como una teoría cuántica de la gravedad.

Esto, a pesar del determinismo y principio de causalidad de la física clásica, por un lado, y, por el otro, el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, que llevó a Einstein afirmar que “Dios no juega a los dados”, pues dicho principio de incertidumbre establece que no se puede estar totalmente seguro acerca de la posición y la velocidad de una partícula: cuanto con mayor exactitud se conozca una de ellas, con menor precisión puede conocerse la otra. Einstein hizo tal afirmación no obstante ser él mismo uno de los pioneros de la física cuántica, que lo llevó a obtener el Premio Nobel de Física en 1905 por su explicación del efecto fotoeléctrico al interpretar realistamente la hipótesis cuántica de Planck.

Esta “teoría del todo” (TOE, por sus siglas en inglés) no sólo combinaría los diferentes modelos de la física subatómica, sino que asociaría las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza (la fuerte, la débil, el electromagnetismo y la gravedad) a una fuerza única o fenómeno. A la fecha, esto se lograría ya con las tres primeras fuerzas, en lo que se ha dado en llamar la “teoría de la gran unificación” (TGU), pero no con la gravedad. Desafortunadamente, para probar experimentalmente la TGU se requeriría un colisionador de partículas del tamaño del sistema solar, que pudiera resultar un tanto incosteable y ante el que el actual colisionador orgullo del CERN (Centro Europeo de Investigación Nuclear, por sus siglas en francés) resultaría no un juego de niños, sino el auténtico equivalente a una partícula subatómica. Pero la teoría, la TGU, ahí está, y la posibilidad de poder adicionar a ésta la fuerza de gravedad, también. Con ello, el viejo sueño de Steve Hawking pudiera empezar a hacerse realidad, y con él, la interpretación última del universo y de Dios mismo.

Desgraciadamente a últimas fechas, Hawking se ha manifestado muy escéptico en cuanto a poder arribar a esa TOE (ver su conferencia Gödel and the end of physics, 2015) y culpa de ello al insigne matemático Kurt Gödel y su célebre primer teorema de “incompletez”, que reza que un sistema finito de axiomas no es suficiente para probar todo problema matemático, pues, razona Hawking, quizás no es posible formular la teoría del universo en un número finito de postulados.

Pero concluye, optimista, que “algunos estarán bastante decepcionados de que no exista una teoría última que pueda ser formulada con un número finito de principios. Yo solía pertenecer a ese grupo, pero he cambiado de forma de pensar. Ahora estoy feliz de que nuestra búsqueda del saber nunca termine y que siempre tendremos el reto de un nuevo descubrimiento. Sin ello, nos estancaríamos. El teorema de Gödel nos garantiza que siempre habrá trabajo para los matemáticos. Creo que la teoría M (supergravedad y teoría de cuerdas) hará lo mismo por los físicos. Estoy seguro que Dirac estaría de acuerdo.”

Definitivamente me hubiera fascinado ser un físico teórico-experimental, pero ya ven, parafraseando a Borges con los versos finales de su célebre soneto El remordimiento,

No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

sábado, 28 de octubre de 2017

Paliativo contra el hartazgo

El único paliativo contra el hartazgo de la existencia que yo conozco es la lectura. No siempre fue así. Recuerdo que en mis años mozos, preparatorianos, cursaba yo la materia de literatura universal en la Universidad la Salle del Distrito Federal, hace exactamente medio siglo. Como todo en aquella época, tomaba esto como una más de mis ineludibles obligaciones que había que cumplir a la perfección. Así, memorizaba la lección al pie de la letra sobre lo que el maestro nos había dejado leer de la antología que nos servía de apoyo como libro de texto para el referido curso. Y cuando digo memorizaba, me refiero a ello literalmente, como si fuera yo una moderna computadora: tanto el material crítico del antólogo sobre las creaciones de los más grandes autores de la historia hasta nuestros días, como los extractos de sus obras incluidos en el libro, de tal suerte que cuando el profesor me solicitaba que expusiera el tema, ahí estaba yo recitando como tarabilla todo lo que había grabado en mi mente. Era impresionante, pues parecía como si estuviera yo leyendo directamente del texto, a tal grado que no faltaba el compañero ladilloso dos pupitres atrás del mío que, al alimón conmigo, recitaba: “coma, punto y seguido, dos puntos, punto y coma, punto y aparte…”, provocando las risotadas de toda la clase y el consecuente enojo del maestro.

Muchos años después, cuando ya había arraigado en mí el vicio por la lectura, recordaba con nostalgia aquella antología, lamentando haberme deshecho de ella no sé cómo. La necesitaba entonces para que me sirviera de guía y consejera para el angustiante y aterrador momento de decidir el siguiente libro a leer. Fue así como un día me aventuré a recorrer las librerías de viejo del centro histórico de la Ciudad de México para tratar de encontrar, si no mi antología, algo que hiciera las veces de aquel magnífico libro. Fracasé. Cansado, terminé en la matriz de la librería Porrúa implorando por una buena antología de literatura universal. El dependiente únicamente acertó a poner en mis manos la Historia social de la literatura y del arte, de Arnold Hauser, en tres tomos (el título en inglés resulta más propio: The social history of art, pues ciertamente el autor habla del arte en general, desde el Paleolítico hasta el cine del siglo XX, pasando por el Neolítico, Egipto, Mesopotamia, Creta, la Antigüedad Clásica greco-romana, la Edad Media, El Renacimiento, el Manierismo, el Barroco, el Rococó, el Clasicismo, el Romanticismo, el Naturalismo y el Impresionismo). No lo dudé mucho y la compré. Y como ya he hecho en algunas otras ocasiones, la dejé añejar algunos años y la vine a consumir aquí en León en 2009. Qué lectura tan espléndida.

Hace poco, de nuevo, ante “el aterrador momento del siguiente libro a leer”, desempolvé estos libros para matar dos (o más) pájaros de un tiro: tener algo que leer y obtener sugerencias para siguientes lecturas. La relectura fue tan espléndida como la primera vez.

Algo que resultó literalmente música para mis oídos es la forma en que Arnold Hauser concluye su estudio sobre el Romanticismo al final del volumen dos de su obra: “Para el clasicismo la poesía era el arte principal; el Romanticismo temprano estaba en parte basado en la pintura; el Romanticismo posterior, sin embargo, depende enteramente de la música. Para Gautier la pintura era todavía el arte perfecto; para Delacroix es ya la música la fuente de las más profundas vivencias artísticas. Esta evolución alcanza su punto culminante en la filosofía de Schopenhauer y en el mensaje de Wagner. El Romanticismo alcanza en la música sus triunfos más grandes. La gloria de Weber, Meyerbeer, Chopin, Liszt, y Wagner llena toda Europa y supera el éxito de los poetas más populares… La confesión de Thomas Mann de que el significado del arte le llegó por vez primera con la música de Wagner es altamente sintomática”. (El subrayado es mío.)

Quizás lo anterior me obligue nuevamente a leer a mis admiradísimos Schopenhauer y Mann. Por lo pronto, llamó mi atención lo que al autor señala en otra parte de su estudio referente a que el público en tiempos del romántico Walter Scott buscaba no ya tan sólo entretenimiento, sino aprender. Ello me llevó a interesarme por tal vez la obra cumbre de este autor: Ivanhoe, y me aboqué a conseguir el libro electrónicamente a través de mi tableta: conseguí una impecable edición de Penguin Random House ¡por tan sólo 29 pesos!, misma que devoré en dos semanas. Esta novela histórica de la época de Ricardo Corazón de León versa sobre un drama caballeresco medieval inglés del siglo XII, en el que, por supuesto, el amor juga un papel preponderante, pero no un amor carnal, sino otro más bien platónico, entre la judía Rebecca e Ivanhoe, que termina casándose con su amor de toda la vida: Rowena, de creencias idénticas a las suyas. La novela no se apega estrictamente a los acontecimientos históricos, pero contiene simbologías entre aquella época y la que al autor le tocó vivir, así como una serie de valores de consumo universal. De aquí el regusto por el libro. La edición incluye, además, un magnífico estudio de Graham Tulloch sobre la obra.


Actualmente sufro con Historia del tiempo / Del big bang a los agujeros negros, del insigne Stephen W. Hawking, porque hay que leer de todos los géneros (novela, cuento, ensayo, poesía) y sobre todos los temas (filosofía, ciencia, historia, sociología, economía, finanzas), “no para saber más, sino para ignorar menos”, como dijera la célebre Sor Juana Inés de la Cruz.

lunes, 9 de octubre de 2017

Muerte buena

Tengo un amigo, médico, defensor a ultranza de la eutanasia para enfermos terminales y practicante él mismo de este bálsamo en personas que en tales circunstancias acuden en su auxilio. Fue así como ayudó a bien morir al más reputado periodista y politólogo del país, aquejado por un cáncer terminal muy penoso y agresivo, y quien, en su última columna, publicada de manera póstuma, hasta oportunidad tuvo de despedirse de todos sus lectores. Hace unas semanas, el galeno escribió un artículo provocador en el periódico donde colabora todos los domingos y va un paso más allá: se pregunta si es lícito ayudar a morir por enfermedades no terminales, y mencionaba el dramático caso del holandés Mark Langedijk, de 41 años, divorciado, con dos hijos, 21 intentos fallidos por redimirse del alcohol, depresión profunda y quien luchó y obtuvo de parte de las autoridades sanitarias de su país el permiso para poner fin a su vida mediante la administración profesional de una inyección letal, cosa que ocurrió en julio de 2016, rodeado por sus padres, hermanos y su mejor amigo, un párroco, después de una reunión de despedida donde se comió y se bebió. Mis respetos y admiración para todos ellos.

En un caso mucho más cercano, una ex compañera de trabajo, muy querida, padece esclerosis múltiple. En una ocasión, hace pocos años, me llamó por teléfono aquí a León y desesperada me pidió que con toda honestidad le dijera qué haría yo en su lugar. Honestamente le respondí que, en su caso, ya no querría más seguir adelante. Me preguntó que si le podía sugerir algo, y saqué a colación a mi amigo. Me pidió de favor que lo contactara e hiciera una cita para ella. Platiqué con el doctor y el encuentro quedó pactado. Ambos sabían bien a lo que iban, no era necesario decir más nada.

Después del encuentro, mi admirado amigo me llamó por teléfono:

- Oye, Raúl, tu amiga no desea morir.

- Será que ya la quiero yo matar- afirmé inquisitivamente.

-No –repuso-, pero estos no son casos de ‘enchílame otra’ y a lo que sigue. Una de las particularidades de un buen médico es el establecimiento de empatía con sus pacientes y poder derivar de aquí los impulsos sicológicos que realmente los mueven. Y lo que menos quiere tu amiga es morir.

Poco después llamó mi amiga para agradecerme lo que por ella había hecho, hablando maravillas del médico, su consulta, y de que ni siquiera había querido cobrarle, muy a pesar de despachar éste en el hospital ABC del, todavía, Distrito Federal.

Por último, en una situación infinitamente más personal, mi padre, de quien tanto hablo en mis escritos, quedó baldado de por vida por un maldito que lo intervino quirúrgicamente de una compresión cervical en febrero de 1999, que le ocasionó una parálisis del cuello para abajo que lo mantuvo prácticamente nueve años en cama sin poder valerse por sí mismo ni para sus necesidades más elementales. Las depresiones que en ocasiones le venían eran de pronóstico reservado, y a veces me pedía, cuando éstas pasaban, que lo ayudara a poner fin a “todo esto”. Mismas veces en que yo le llegaba a comentar que lo podría hacer si él realmente estaba convencido, pero en seguida desviaba la conversación y se ponía a hablar de cualquier otra cosa, de futbol, por ejemplo, y del equipo de sus amores, ¡el Cruz Azul! De broma lo puyaba diciéndole que si lo único que esperaba para morir era que éste fuera campeón, bien se veía que él, mi padre, quería ser inmortal. Sin embargo, un buen día, en octubre de 2007, se puso mal, muy mal, y lo llevaron de emergencia al nosocomio, de donde, al darse cuenta de su situación, exigió que lo devolvieran inmediatamente a su casa y, una vez en ella, se dejó morir en pocas horas, después de varios años finales de su vida muy miserables.

Eutanasia. Buena muerte o, mejor aún, muerte buena, que yo recomendaría hasta para quienes simplemente estamos hartos de la existencia.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Deprimente vivencia democrática

Ninguna experiencia tan democrática (nos aterroriza a todos por igual) como un sismo. En 1957 era yo un chiquillo de siete años de edad. Tenía una hermana menor, de cinco, y un hermano mayor, de nueve, y vivíamos todos,  junto con nuestros padres, en pleno Distrito Federal. La madrugada del domingo 28 de julio de ese año, mi padre entró en pánico y, arrodillado en el piso, no dejaba de dar tumbos de un lado a otro implorando a María Santísima y a Dios Nuestro Señor que cesara el fuerte movimiento de tierra que en aquellos momentos se estaba dejando sentir en toda su intensidad. Intentaba, además, ponernos a salvo despertándonos para emprender la huída desde el segundo piso de nuestra vivienda hacia la calle, pero mi madre se lo impidió diciéndole que nos dejara dormir, que sólo nos asustaría. Ninguno de nosotros tres nos enteramos de nada sino hasta que amaneció, cuando mi madre hizo amorosa burla de las solicitudes celestiales de mi padre apenas hacía unas horas.

Durante la semana, fuimos a conocer los estragos que el terremoto había ocasionado en la gran ciudad. Lo que más llamó mi atención fue un enorme edificio en construcción, apenas en sus sólidas estructuras de hierro, pero ahora dobladas y retorcidas como charamuscas. ¿Qué fuerza tan extraordinaria pudo obrar tal prodigio?, me inquiría yo a esa tierna edad y con los ojos despavoridos. Luego fuimos a ver cómo el Ángel de la Independencia había emprendido su vuelo y cómo la Torre Latinoamericana había permanecido incólume, aun más impasible que los tres hermanitos el domingo anterior en la madrugada.

El jueves 19 de septiembre de 1985 fue harto distinto. Yo era ya un lagartón de 35 años de edad que regresaba de correr a su casa escuchando en el radio del coche el popularísimo programa Batas, pijamas y pantuflas, con Sergio Rod y Gustavo Armando Calderón, quienes, ignorantes de que en pocos minutos dejarían de existir, chacoteaban de lo lindo como todos los días. Al llegar a la casa, bajé del coche y, cuando subía las escaleras rumbo al baño en el segundo piso, empezó un zangoloteo como jamás había sentido yo en toda mi vida. Al carecer de las herramientas de mi padre, no me quedó más remedio que guarecerme en el umbral de la puerta de mi estudio mirando hacia un rincón del techo, que se movía de manera impresionante y crujía cual si estuviera hecho de madera, pero era de concreto macizo y sólido ladrillo, esperando que se derrumbara en cualquier momento. Al poco rato todo cesó y pareció que no había sido más que otro movimiento telúrico a los que tan acostumbrados estábamos los chilangos.

Qué va. Mi esposa, a quien todavía no conocía en aquel entonces y de apenas 20 primaveras, vivía en el edifico Ignacio Ramírez en pleno Tlatelolco, y de inmediato se dirigió a la ventana, pues siempre tuvo curiosidad por ver cómo se movía la Torre Latinoamericana, bajo los efectos de un fenómeno geológico de tal magnitud, sobre sus pilotes hidráulicos, pero no se lo permitió el estruendo del edifico Nuevo León al derrumbarse dentro de la misma unidad habitacional. Junto con sus padres y su hermana, volaron por las escaleras para salvar los varios pisos que los separaban de la calle. Su edificio quedó inservible y les impidieron vivir más en él, a partir de la noche de ese fatídico día. Varias semanas después les permitieron ir a rescatar lo que de más valor pudieran tener en su departamento, pero dispondrían tan sólo de unas horas. La indemnización que les dieron les alcanzó apenas para adquirir un modesto piso en el sur de la ciudad, después de un largo tiempo de vivir en la casa de la madrina de Elena, mi mujer.

Ese mismo 19 de septiembre, al momento preciso del terremoto, un amigo mío corría cerca de su casa por los rumbos de la Prado Churubusco. Mientras lo hacía, entró en terror, pues al sentirse mareado y dar tumbos de un lado a otro, pensó lo peor tratándose de un deportista ocasional: un ataque al corazón. Lívido, con las manos sobre el pecho, se derrumbó boca arriba en el pasto del camellón por el que trotaba, y cuál no va siendo su enorme dicha al ver que los cables y postes de luz se movían como si estuvieran sobre la cubierta de una embarcación a la deriva en un mar tempestuoso. Se incorporó y se puso a correr lo mejor que pudo para ir en auxilio de los suyos a la casa donde vivía.

¡Bonito León, Guanajuato, donde la vida no vale… poco!

lunes, 24 de julio de 2017

De la ligereza

Siempre se me ha hecho más difícil abordar un libro de las llamadas ciencias “blandas”, como la sociología, que de  las denominadas “duras” (física, matemáticas) y las “semiduras”, como la economía. No ha mucho abordé uno de dichos textos blandos: La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas, S. Kuhn, que tal vez por el tema y por ser su autor un sociólogo doctorado en física no resultó tan “blando” y me pareció fascinante.

No estaba ocurriendo así con De la ligereza, del sociólogo y filósofo francés Gilles Lipovetsky. Un buen amigo mío confiesa que él lee poco, y si lo que lee no le gusta, no le da más de uno o dos capítulos antes de claudicar. También afirma que no hay libro de administración de negocios (él es el director del Campus Tecnológico de la filial en Guadalajara de una de las corporaciones más grandes e importantes del mundo) que no le haya dado a uno más del 90% de su contenido neto al llegar al capítulo tres, que el resto sólo sirve para dar volumen y justificar el precio. Germán Dehesa le da la razón a mi amigo, pues afirmaba que si un libro no le gustaba habiendo leído veinte páginas, lo dejaba a un lado.

Algo extrañamente similar me estaba ocurriendo con Lipovetsky, ya que durante esas fatídicas primeras veinte páginas no abandonaba la idea circular de que lo ligero había llegado para quedarse entre nosotros, y no mucho más. Para bien o para mal, mi obcecación y terquedad me llevan más bien a buscar en todo libro esas veinte páginas que lo rediman, y afortunadamente en este caso no hubo que esperar mucho.

Dice el autor que su texto aborda la ligereza “que se materializa en observables figuras concretas, en la historia de las sociedades y sobre todo en el mundo actual” y que en las páginas de su libro “no se encontrará ni una apología ni una condena moral o política de la ligereza”. Sin embargo, no deja de preguntarse “¿Cómo glorificar la ligereza consumista cuando ha hecho mermar el valor y la deseabilidad de la alta cultura, cuando genera la obsesión por el consumo y contribuye a degradar la ecosfera?”.

En este tenor, son impresionantes las cifras que aporta Lipovetsky: “En 2012 se produjeron en el mundo 288 millones de toneladas de materias plásticas, la mayor parte de las cuales acabará antes o después en el ambiente, sobre todo en los océanos”. Además: “Las bolsas de plástico, esas maravillas de la ligereza tecnológica capaces de sostener una carga dos mil veces superior a su peso, plantean cada vez más problemas ecológicos: a principios del siglo XXI se fabricó un billón de unidades que necesitarán cuatro siglos para empezar a degradarse”, pero en el ínter, “el plástico superligero pone en peligro el ganado, las especies marinas y el litoral”.

En el mismo sentido: “La civilización de lo ligero tiene una necesidad creciente de energía y materiales sólidos… Para obtener 30 gramos de platino hay que tratar 10 toneladas de mineral; una tonelada de cobre exige entre 100 y 350 toneladas de roca… En la vida, lo ligero se experimenta como lo contrario de lo pesado; pero en la esfera de producción de cosas no puede prescindir de lo pesado.”

En cuanto a las energías: “las centrales térmicas de carbón producen más del 40% de la electricidad mundial… las energías eólicas aportan el 1.5%… y la solar veinte veces menos. En estas condiciones sólo el gas y el carbón podrían reemplazar a la energía nuclear, pero al precio de aumentar las emisiones de CO2”. Es decir, “la energía nuclear aparece como la industria que permitirá salir de una transformación climática catastrófica en la segunda mitad de este siglo”, pero mientras tanto, para gloria de Trump, continuará la primacía del carbón durante los próximos 30 años.

Por otro lado, Monsieur Lipovetsky se lamenta amargamente de que la llegada de Internet y Google ha degradado lastimosamente el rigor y la calidad del quehacer académico y de investigación, y casi afirma que estas dos actividades tendrían que ser el producto de la sangre, el sudor y las lágrimas que Churchill derramara en otra época y por otras razones, y para ello “vuelve” a otorgar al maestro el papel seminal que debe jugar en la consecución de tan noble fin.

Y así por el estilo, Gilles Lipovetsky aborda el tema de la ligereza/pesantez en múltiples otras áreas, tan diversas como la vida, el cuerpo, la moda, el arte, el diseño y la arquitectura, y a tal nivel de erudición en estos últimos campos en cuanto a estilos, autores y obras que no puede uno menos que dudar que el señor lo haya visto todo y tenga conocimiento tan amplio de todo. De verdad, es impresionante. Yo intenté seguirle el paso en cuanto a las obras de arte y arquitectónicas que citaba, así como en cuanto ¡a la moda!, consultando las imágenes respectivas en Internet, y desistí, pues resultó una labor ingente e imposible de cumplir. Imagínense ahora haberlo vivido y experimentado todo personalmente. Muy seguramente dispondrá de un equipo de trabajo muy amplio, eficiente y capaz.

Como quiera que sea, este libro resultó a final de cuentas fascinante también, sobre todo cuando el autor, como buen filósofo, incluye casi al terminar un pensamiento de Nietzsche que me parece impecable: “Lo que hace falta: es preciso ser un hombre ligero o un hombre aligerado por el arte y el saber.”

lunes, 3 de julio de 2017

Tristram Shandy

En un escrito anterior prometí comentar acerca del libro que entonces estaba leyendo, La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy o, simplemente, Tristram Shandy, del irlandés Laurence Sterne. A decir verdad, el libro me pareció una bobera, a pesar de “la vida y las opiniones del caballero” Javier Marías, el célebre escritor ibérico y traductor al español de la obra, que, como en aquel entonces, aquí reproduzco: “Tristram Shandy es mi libro favorito: es, a un mismo tiempo, la novela clásica más cercana al Quijote y a la del siglo en que escribo; tanto su recuerdo como su frecuentación esporádica me producen un indefectible placer; puede abrirse por cualquier página, con asombro y sonrisa siempre. No creo haber aprendido más sobre el arte de la novela que durante su traducción. Sin duda, mi mejor obra.” ¡Qué despropósito!

Más que de la vida, versa únicamente sobre las “opiniones” de Tristram Shandy, narrador en primera persona de la novela, que sólo en el volumen VII del libro, donde la voz de Tristram se confunde con la del propio autor al tratarse de una reseña autobiográfica de éste, hace honor al largo título de la obra. El resto no es más que una anodina e inane descripción de la vida igualmente simple de otros (Mr. Shandy, el tío Toby y su fiel escudero Trim, Mr. Yorick, criados, sirvientes y parejas de los protagonistas), con múltiples digresiones de las que el mismo autor, en boca del narrador, hace mofa y que lo llevan a uno a creer que se pierde el hilo de la narración, que es lo que Sterne persigue con toda intención.

Tristram narra esa vida de los otros desde antes incluso de que él viniera al mundo, el chusco modo en que fue concebido, el accidente que ocurrió con su nariz al nacer, la no menos equívoca manera en que fue bautizado con el nombre de Tristram, cuando su padre quería que fuera Trismegisto y consideraba que estos tres accidentes del destino (concepción, forma de la nariz y nombre) marcan indefectiblemente la vida de cualquiera. Pero, además de esto, son poquísimos los episodios en que estemos siendo testigos en realidad de la vida y las opiniones de Tristram Shandy, salvo el referido volumen autobiográfico de Sterne, que curiosamente lo produjo para esta novela por entregas (enero de 1760 a enero de 1767) en un momento en que el tema parecía totalmente agotado.

Fuera de tres o cuatro pasajes del libro que verdaderamente me envolvieron, la mayor parte de él me pareció falto del encanto en que Marías seguramente querría que cayéramos. La lectura, además, se hace pesadísima con las mil 107 notas  que se incluyen al final del libro, muy a pesar de la advertencia de don Javier de acudir a ellas sólo cuando no se entienda algo y dejar el resto a los eruditos para no perder el ritmo de la novela, ¿pero quién le garantiza al lector que no está omitiendo algo de “vital” importancia, sobre todo cuando se es tan obsesivo como el que esto escribe? Y sí, muchísimas de las notas de Marías son de una supina petulancia y extremadamente prolijas. Además, en ellas insiste de continuo en alertarnos sobre las connotaciones sexuales de la obra, como una fijación, vamos. Y es que el autor tuvo en su época, ¡hace exactamente un cuarto de milenio!, fama de lascivo, aunque, comparado con lo que se escribe en la actualidad, su literatura estaría hoy en día primordialmente dirigida a un público infantil. Por otro lado, no hay peor cuento verde, como le llaman los paisanos del traductor, que el que se tiene que explicar, pues termina por perder toda su gracia y hasta por volverse odioso, algo que en el caso de Marías se cumple a cabalidad con la mejor de las intenciones.

Lo que me parece también un despropósito es tratar de establecer un paralelismo entre Sterne y Cervantes y, peor aún, entre el Tristram y el Quijote. No se puede atribuir más que a mi incultura e ignorancia el que yo no haya oído hablar de Sterne sino hasta el seminario de Alejandro Toledo sobre Del Paso en la librería Efraín Huerta del Fondo de Cultura Económica en 2016, en cambio a Cervantes y el Quijote llevo yo oyéndolos mentar no menos de 60 años, no importa que no haya emprendido su cabal lectura sino hasta 2005 con motivo del cuarto centenario de la aparición de la primera parte de la obra, aunque ya con anterioridad me obligaran a leer y comentar pasajes selectos de la novela durante mis años mozos de secundaria, hace más de 50. Por la misma época, sin embargo, tuve oportunidad de leer algunas de las Novelas Ejemplares del mismo autor, que me embelesaron.

Con Sterne, no obstante, la frustración de buscar sin encontrar su novela, como ya relaté en el mismo escrito a que hago referencia al principio, me llevaron a “conformarme” con la lectura de la que sí encontré: su “obra maestra”, como la llama Marías, Viaje sentimental por Francia e Italia, y de la que no recuerdo absolutamente nada, excepto el desencanto que me produjo. Esta obrita (por sus dimensiones) es “una originalísima sátira de los libros de viajes que no fue bien entendida por el público”, de nuevo según Marías.

Se puede establecer un paralelismo entre la traducción del Tristram y la edición conmemorativa del Quijote, de la Asociación de Academias de la Lengua Española y Alfaguara, que yo leí: la ingente cantidad de notas explicativas, al final del libro en aquél y a pie de página en éste, con una notable diferencia: mientras que las mil 107 de Marías se tornan insoportables en un momento dado, los millares del Quijote resultan frescas, pertinentes y ágiles.


Tristram ha sido controversial desde el momento de su aparición hasta la fecha, y Javier Marías y un servidor somos un vivo ejemplo de ello, pero ha habido otros a lo largo de la historia que dan testimonio de lo mismo. Como se vio, Marías decidió hacer de esta obra de Sterne un proyecto de vida, el vastísimo trabajo documental al final del libro y la traducción misma de esta novela de alrededor de 600 páginas así lo atestiguan. Todo esto más digno de un trabajo doctoral universitario que de otra cosa.

Me desconcierta lo que dice Andrew Wright en la introducción al libro de Sterne: “no es exagerado decir que, de todos los novelistas ingleses de primera fila del siglo XVIII, ha sido Sterne el que ha ejercido un influjo más penetrante en la literatura del siglo XX: James Joyce, Virginia Woolf, Samuel Beckett y Michel Butor son tan sólo los ejemplos más ilustres de esta influencia.” No soy especialista, pero me niego a notar atisbos de dicha influencia en Los dublineses, Retrato del artista adolescente y hasta en Ulises, de Joyce, por no hablar de La señora Dalloway y Al faro, de Woolf, no así en Esperando a Godot, de Beckett, cuyo absurdo se podría avenir un poco más con el estilo de Sterne en Tristram, algo de lo que tal vez ni el propio Beckett era consciente.

En fin, yo más bien me pondría del lado de sus detractores, los novelistas Samuel Richardson, Oliver Goldsmith, Tobias Smollett y Horace Walpole, y el Dr. Samuel Johnson, el mejor crítico literario en idioma inglés. Curiosamente, entre sus defensores se encuentra el biógrafo de este último, James Boswell.

Finalmente, me sorprende que Javier Marías no tenga como su libro favorito al Quijote de su paisano Cervantes en vez del Tristram de Sterne y sobre quien se supondría que aquél ejerció una influencia definitiva. Para mí, además de la diferencia abismal que considero existe entre ambas novelas, sí tengo al Quijote como uno de mis libros favoritos, no sé si como el que más, pero peleando férreamente el puesto. No quisiera decir que contra Los Buddenbrook, de Thomas Mann, pero ya lo dije, aunque la opinión resulte sumamente injusta para con tantos otros libros que se han leído y que, como Vargas Llosa atinadamente señala, nos han permitido vivir realidades tan ajenas a las de nuestro pobre y diario existir.

lunes, 29 de mayo de 2017

La Princesa Caramelo

Como ya he dicho en ocasiones anteriores, mi padre vivió su infancia como “mojado” en California en el primer tercio del siglo pasado, donde aprendió a hablar el inglés sin acento, lo que le fue de enorme utilidad a su regreso a México para ejercer de guía de turistas en su primera juventud y hasta bien entrada su madurez, hacia los 46 años de su vida adulta, cuando se unió a la embajada americana en nuestro país. Como también he señalado, la compañía privada de turismo para la que trabajaba conduciendo su propio auto, frecuentemente recibía solicitudes para prestar sus servicios a personalidades del mundo de la diplomacia tanto nacional como internacional.

Fue así como en una ocasión fue asignado para el traslado de una Princesa de la monarquía británica de Cuernavaca, Morelos, a la Ciudad de México. Viajaba ésta acompañada por una asistente y mi padre tenía que recogerlas en una mansión privada de la capital del estado y dejarlas en un hotel de lujo del entonces Distrito Federal. La princesa y su acompañante se imaginaron que les habían contratado un taxi de lujo y en consecuencia abordaron el suntuoso Buick negro último modelo sin apenas prestarle atención a mi progenitor, y la misma actitud tomaron durante todo el viaje. Y ahí empezó el problema, pues la desbozalada Princesa comenzó a dar puntual cuenta a su empleada de confianza de todo lo vivido desde la noche anterior y hasta poco antes de subir a este ancestro de Uber.

La Princesa inició dando cuenta a su asistente-amiga de la fenomenal borrachera que había agarrado la noche anterior, pero sobre todo, del bellísimo ejemplar de macho mexicano que conoció durante la velada y lo mucho que éste la hizo gozar con posterioridad ya en un ambiente más íntimo, fuera del alcance de toda esa “gente estúpida” con que trató durante la velada. “Te lo juro –concluía la Princesa esta parte de su relato-, durante todos estos años con el Príncipe, nunca me ha hecho sentir como este ejemplar ¡en una sola noche!”.

“Los problemas empezaron esta madrugada –continuó la Princesa-, una vez que ‘mi’ hombre me hubo abandonado y yo comencé a sentir los malestares producto de eso que esta gente incivilizada llama comida típica y que no es más que porquería que te descompone el estómago más que el alcohol, por lo que no me quedó más remedio que vomitar todo lo que había tragado. Para empeorarla, producto de esa misma basura que comí, ya son varias las veces que he tenido que aliviarme en el retrete. A ver si la píldora que me acabo de echar antes de salir sirve de algo, si no, ya me estarás cambiando de pañal, querida amiga”.

Ante los gestos de complicidad de la amiga, la princesita concluyó: “Pero más vale tener cuidado, no vaya a ser que las piedras oigan”. Las estentóreas risotadas de las amigas hicieron que mi padre dibujara apenas un remedo de sonrisa de compromiso en sus labios, tan natural, que la Princesa se le quedó viendo como quien piensa “este idiota no entiende ni jota de lo que oye y no tiene más remedio que esbozar una estúpida mueca de diplomacia, es su trabajo”. Pero las damas no se recataron, ¡qué va!, siguieron hablando durante todo el trayecto con un lenguaje más propio de un pub de los arrabales de Londres que de la realeza británica.

Una vez que el traslado hubo concluido, mi padre se apeó del auto y entró al magnificente hotel. Cuando estuvo de regreso, se dispuso a abrirles la puerta del coche a la Princesa y su acompañante, pero aquélla se encontraba todavía tan embebida en la plática que, una vez que hubo salido del vehículo, intentó distraídamente dirigirse en automático a mi progenitor, para de inmediato disculparse: “Oh, no, no, I’m sorry, forget it”, a lo que mi padre respondió a su vez, simulando el acento británico que tan bien le sentaba:

No problem, Your Majesty. I already asked the bellboy to please take your luggage to your rooms. He is now waiting in the lobby to show you the way. Your Royal Highness –continuó él imperturbable-, it’s been a real pleasure to have served you during this short trip and I would certainly have liked it to be a little longer to plainly enjoy your company.Y, tras una leve y discreta reverencia, se las quedó mirando a las dos.

La dulce princesita no acertaba a adivinar lo que estaba ocurriendo, se asemejaba a uno de aquellos enormes caramelos de las barberías de antaño que pasaban alternativamente de un color rojo grana, al blanco cadavérico y a un azul intenso producto de un sofocamiento, y vuelta a empezar. Y frente a ellas, mi padre, la piedra, sobre quien Dios edificó mi familia, y que no sólo oía, sino que escuchaba, veía y, sobre todo, hablaba fluidamente su idioma. La Princesa Caramelo, después de buscar desesperadamente en su delicado bolso, puso un billete de cien libras en manos de mi padre, dio media vuelta y huyó despavorida, olvidándose hasta de su amiga, quien, corriendo, salió tras de ella.

Don Nicolás, mi padre, subió de nuevo a su auto y no pudo evitar dibujar en el vacío una señal que décadas más tarde inmortalizaría un diputado y el vulgo bautizaría como la roqueseñal, en “honor” de aquel deleznable político (¿hay de otros?) todavía en funciones a la fecha. Señal más conocida hoy en día por el anglicismo yes!, y por lo tanto más apropiada en el caso del querido don Nico, que San Roque, ¡patrono de los peregrinos!, proteja en el más allá.

Mi padre nunca supo si las cien libras que le dio la Princesa Caramelo fueron en agradecimiento por sus buenos afanes o para comprar su silencio. Él supuso que lo primero, y quedó entonces en absoluta libertad de conciencia de relatarme lo sucedido con todo lujo de detalles muchísimos años después.

La verdadera identidad de la Princesa Caramelo la guardo para mí al todavía formar parte ésta de la vetusta y nonagenaria corte inglesa.